Colaborador
Edwin Adrián tenía 17 años. Estudiaba en el Cobach 16 y, como muchos chavos en esta frontera, se partía el lomo entre la escuela y la chamba. Le entró de repartidor en DiDi, no por lujo ni por moda, sino para arrimar algo a la casa, comprarse sus útiles, sus tenis, sus antojos. A veces se le veía con el casco bien puesto, mochila naranja al hombro, dando vueltas por la avenida De Las Torres, con ese aire de quien va apurado pero con la vida por delante.
Hasta que la mañana del domingo 19 de octubre de este 2025, una Equinox le cortó el paso. El guiador, con esa flojera mortal de no querer rodear ni esperar el semáforo del Zaragoza, decidió meterse “a la brava”. Le arrebató el derecho de vía… y la vida a Edwin. El joven cayó, y su moto quedó destrozada junto con su vida. Tenía sueños, responsabilidades y apenas empezaba a entender el peso de ser adulto en una ciudad que no perdona ni los errores ajenos.
En México, cada día mueren en promedio 17 motociclistas en accidentes viales. Y según datos del Informe sobre la Situación de la Seguridad Vial 2020, los jóvenes entre 15 y 29 años son las principales víctimas. Como si todos los días desapareciera una pequeña generación sobre el asfalto. Es decir, muchachos como Edwin, que apenas están armando su camino. La moto les da libertad, les da chance de moverse sin depender del camión, pero también los pone en la cuerda floja.
Un estudio titulado ‘Cultura vial en los jóvenes motociclistas’ señala que buena parte de estos chavos no reciben educación vial formal ni entrenamiento suficiente. Aprenden viendo, imitando. A veces el ejemplo es el compa que zigzaguea entre carros o el tío que maneja sin casco porque “nunca pasa nada”. Pero la calle no perdona, y el asfalto no da segundas oportunidades.
Otro estudio, ‘Infraestructura vial segura para motociclistas’, dice algo clave: las calles mexicanas están hechas para los autos, no para las personas. No hay planeación para proteger a quien va en dos ruedas o a quien camina. Faltan carriles seguros, rampas, señalizaciones visibles, banquetas decentes. En lugar de eso, hay baches que son trampas mortales, topes mal pintados, semáforos que nadie respeta.
Cuando el entorno es hostil, todos se vuelven agresivos: el automovilista se siente dueño del camino, el motociclista se vuelve invisible, y el peatón es un fantasma que cruza con miedo. Y así, cada día, la ciudad se convierte en una jungla donde gana el más rápido, no el más consciente.
Pero esto no tiene que seguir así. La educación vial debería ser una materia desde la primaria, igual de importante que matemáticas o historia. Aprender que un paso peatonal no es decoración, que el casco no es accesorio, que el retrovisor sirve para algo más que verte el peinado. Que cada vez que decides “ganarle el paso” a alguien, estás jugando a la ruleta rusa con vidas ajenas.
Manejar no es solo controlar un vehículo. Es controlar el ego. Es entender que el camino se comparte. Es asumir que todos tenemos prisa, todos queremos llegar, pero nadie debería hacerlo a costa de otro.
La muerte de Edwin duele porque no fue “un accidente”. Fue una cadena de irresponsabilidades: un diseño urbano deficiente, un automovilista apático, una autoridad que no clausura accesos peligrosos, una sociedad que normaliza la imprudencia.
En la cultura juarense hay una frase que se dice cuando alguien se salva por poquito: “nació de nuevo”. Pero Edwin no tuvo esa segunda vuelta. Y su historia debería servirnos de espejo, no de morbo.
Porque cada vez que alguien se sube a una moto para repartir comida, va apostando contra el descuido de los demás. Y no debería ser así. El respeto en la vía no se trata de quién tiene el volante más grande, sino del valor que le das a la vida que va enfrente.
El casco, el cinturón, las luces, los límites de velocidad, todo eso importa. Pero lo que más importa es la conciencia, esa que te hace levantar el pie del acelerador y pensar: “Si fuera mi hijo, mi hermano, mi compa, ¿aceleraría igual?”.
Hoy, los amigos de Edwin lloran en silencio. Sus compañeros de escuela le hacen homenajes en redes, sus maestros lo recuerdan como un joven trabajador, noble, de los que todavía creen en salir adelante sin hacerle daño a nadie. Su mamá, desde el dolor, quizá no entiende cómo una calle mal diseñada y un conductor impaciente pudieron cambiarle la vida para siempre.
Y mientras tanto, el tránsito sigue fluyendo, como si nada. Motos, autos, peatones, todos corriendo por llegar a algún lado. Pero si algo nos deja esta historia, es una lección sencilla: si no aprendemos a cuidarnos entre todos, no llegaremos a ningún lado.
Porque las calles no matan. Los baches no matan. Los retornos mal hechos tampoco. Lo que mata es la indiferencia. Y esa, esa sí la manejamos todos los días.



