martes, abril 14, 2026
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¿NO TE TOKABA KARNAL?… O TAL VEZ SÍ

Colaborador

Me topé con un escrito en Facebook que me dejó pensando un buen rato. De esos que uno lee rápido, pero luego se le queda rondando en la cabeza como mosca en cantina.

La frase era directa, sin anestesia: “Le lloras cuando lo matan, pero eres su alcahuete mientras vive”.
Y entonces me quedé con la pregunta dando vueltas: ¿Ustedes qué opinan?


Porque seamos sinceros. En muchas colonias de esta ciudad hay historias que siguen ese mismo guion.

Un muchacho empieza con “travesuras”: se roba un celular, le roba el stereo al vecino, fuma mota, se periquea, anda con malas compañías.

Y en lugar de ponerle freno, la familia lo tapa. Lo defiende. Lo justifica. “Es que mi hijo es bueno”, “al rato se le pasa”, “pobrecito, es que le falta madurar”.
Y mientras tanto el muchacho sigue escalando. Primero el robo, luego la pistola, luego la violencia.

Esto no lo digo yo nomás por ocurrencia. En criminología existe algo llamado teoría del aprendizaje social, propuesta por el psicólogo Albert Bandura.

La idea es sencilla: la conducta se aprende por imitación y por refuerzos. Si alguien roba y en su entorno lo celebran, lo encubren o lo justifican, ese comportamiento se fortalece. El mensaje implícito es: “no pasa nada”. Pero sí pasa.


Investigaciones sobre delincuencia juvenil en América Latina, revisadas por organismos como la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), señalan que uno de los factores más fuertes para que un joven entre al crimen es la normalización de la conducta dentro de su entorno familiar o comunitario. No es el único factor, claro, pero sí uno importante.
Dicho en lenguaje de barrio: si en tu casa te aplauden cuando haces maldades, el cerebro entiende que vas por buen camino. Y luego ocurre la tragedia.
Un día el muchacho termina en la cárcel… o muerto.
Y entonces sí, las redes sociales se llenan de frases solemnes. “Un ángel más en el cielo”. “Dios lo tiene en su gloria”. “No te tokaba karnal”. Y claro que duele perder a un hijo, a un hermano, a un primo. Ese dolor es real y nadie se lo puede quitar a una madre. Pero también hay una pregunta incómoda que casi nadie quiere hacer.
¿En qué momento se dejó crecer el problema?
Porque educar no es solo dar de comer y comprar tenis. Educar también significa decir “no”. Significa corregir. Significa aceptar que a veces el amor más difícil es el que pone límites.
Muchos padres creen que proteger a su hijo es sacarlo de la cárcel, pagar la fianza, esconder lo robado o amenazar al vecino para que no denuncie. Pero eso no es protección.
Eso es fabricar un problema más grande para el futuro.
Y no se trata de moralizar desde una silla cómoda. La pobreza, la falta de oportunidades, la violencia del entorno… todo eso pesa. Claro que pesa. Pero incluso en barrios duros hay familias que logran sacar a sus hijos adelante con una sola herramienta: disciplina. Trabaja. Estudia. No te metas en broncas.
Parece simple, pero no lo es. Así que la reflexión queda sobre la mesa, briboncillos traviesos es la siguiente: Antes de llorarle a un hijo que se convirtió en un delincuente cuando muere, tal vez la verdadera pregunta es otra: ¿qué hicimos mientras estaba vivo? Porque a veces el problema no empieza con el muchacho que aprieta el gatillo. Empieza mucho antes.
Empieza cuando alguien decide aplaudir lo que debió corregir.

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