Ponte Al Tiro
Ciudad Juárez— En Ciudad Juárez a veces las historias más crueles parecen sacadas de un guion de terror, pero son realidad. A Armando Leyva Castro, un hombre de 72 años, le cayó ayer la sentencia que merecía: 41 años de prisión por el asesinato de la adolescente Lizeth., de apenas 14.
Con esa decisión, la familia de la víctima dice haber cerrado “un infierno” que los consumió por meses, al saber que este tipo pasará sus últimos días encerrado y sin chance de volver a pisar las calles.
El dato macabro que salió a relucir en el juicio fue que Leyva pagó 200 pesos a un vecino para que cavara el hoyo donde terminó enterrando a la muchacha. Dos billetes de cien para esconder una vida que no tenía precio. Ese detalle bastó para helar la sangre de los asistentes en la sala, porque mostró la frialdad con la que planeó todo.
Los padres de la víctima no ocultaron el dolor, pero al menos expresaron alivio. “Ya no tendremos miedo de que salga y nos lo topemos en la calle”, dijeron tras escuchar la resolución. Recordaron a su hija como una niña feliz, platicadora, de esas que confían demasiado en las personas… cualidad que terminó siendo la puerta por donde el monstruo se metió a su vida.
ASÍ EMPEZÓ TODO
La historia empezó el 6 de septiembre de 2024, cuando la menor fingió entrar a la secundaria y desapareció sin que nadie pudiera detenerla. Lo hizo tras hablar en redes sociales con un hombre adulto que le prometía “una vida mejor”. Esa ilusión la llevó a caminar por calles que no conocía y a caer en la trampa de Leyva Castro.
Los días siguientes varios testigos la vieron en la casa del adulto mayor en la colonia Zaragoza. Uno de ellos entró por un cuchillo que le pidió Armando y alcanzó a ver a la niña en la cocina, apenas cubierta con una camiseta. Otro vecino le advirtió que era la misma del cartel de desaparecida, pero el hombre no hizo caso.
El colmo fue cuando Leyva contrató a otro vecino para cavar el pozo en su patio. Le dijo que quería plantar un ‘peral’ de raíz gruesa. Dos días después, ese supuesto árbol nunca apareció.
—“Mejor no lo planté”, dijo Armando al ser cuestionado por el vecino.
Lo que sí apareció fue el silencio de la casa y las amenazas contra cualquiera que preguntara. “Si habla, va a correr con la misma suerte”, le dijo a un testigo mientras le confesaba: “me la chingué, la estrangulé”.
El 18 de septiembre, 12 días después de que la niña salió de casa, las autoridades hallaron su cuerpo en el patio del agresor. Estaba enterrada bajo tierra y cemento, como si eso pudiera ocultar el crimen.
LA CONDENA
Casi un año después, en la misma fecha en que la muchacha fue sepultada en el panteón Sueños Eternos, se dictó la sentencia: 41 años de prisión. En la audiencia, Leyva aceptó todo. No hubo negaciones, no hubo careos. Simplemente reconoció ser el responsable y se entregó a un procedimiento que lo mandó directo a morir tras las rejas.
Lo que duele es pensar cómo la confianza de una adolescente terminó siendo usada en su contra. Cómo un hombre mayor pudo manipularla y aprovecharse de su inocencia. Y cómo la indiferencia de adultos alrededor —un prefecto que no le puso atención, vecinos que dudaron en denunciar— alargó el camino del horror.
Leyva Castro se quedará los años que le restan tras los muros de una prisión, acompañado solo de la memoria de su crimen. Y a Juárez le queda la lección amarga de una niña que confiaba demasiado, y de un vecino que vendió un hoyo por 200 pesos, sin saber que estaba cavando la tumba de la inocencia.



