Dave anuncia el adiós de Megadeth, demostrando que la verdadera lección de vida no es el berrinche, sino levantarse y crear algo más grande
Ah, raza, la vida tiene esas vueltas que parecen ganchos al hígado. Te tumban, te humillan, te hacen sentir que ya no vales nada. Así le pasó al buen Dave Mustaine, el pelirrojo que alguna vez estuvo en los arranques de Metallica.
Lo corrieron sin misericordia: una mañana de 1983 lo despertaron, le dieron su boleto de camión y le dijeron “gracias, pero ya no te queremos aquí”. Imagínense el coraje, la vergüenza, la rabia que se carga en el alma después de que te den la patada así, como si fueras un mueble viejo que estorba.
Cualquiera se hubiera tirado al vicio o a la autocompasión eterna. Pero Mustaine no. Él hizo lo que muchos no nos atrevemos: tomó esa rabia y la transformó en fuego creativo. Dijo: “me voy a rifar una banda más pesada, más rápida, más cabrona que Metallica”. Y así nació Megadeth, uno de los cuatro gigantes del thrash metal, junto a Slayer, Anthrax y los mismos Metallica. O sea, de la humillación salió una gloria.
Y aquí es donde la historia ya no es solo de rock, sino de vida. Porque la resiliencia —esa palabrita que parece de psicólogo pero que en cristiano es “levantarse después de la chinga”— es lo que hizo de Mustaine un sobreviviente. Aprendió a canalizar el odio, corrigió su rumbo y creó algo tan monumental que hoy el mundo entero lo reconoce. No se quedó atorado en el berrinche, no se dedicó a estar de “llorón” porque lo corrieron. Al contrario, lo convirtió en gasolina para un motor que lo impulsó más lejos de lo que cualquiera hubiera apostado.
Ahora, a sus 63 años, Mustaine anuncia que Megadeth se despide. Confirmó que el próximo álbum será el último y que en 2026 saldrán de gira para decir adiós. El propio Dave lo soltó en un comunicado que suena a esas confesiones sinceras que llegan cuando la vida ya te ha enseñado todo:
“Hay tantos músicos que han llegado al final de su carrera, ya sea de manera accidental o intencional. La mayoría de ellos no tienen la oportunidad de retirarse en sus propios términos y en la cima, y ahí es donde estoy en mi vida ahora mismo. He viajado por el mundo y he hecho millones y millones de fans, y la parte más difícil de todo esto es despedirme de ellos”.
O sea, el hombre que fue corrido a patadas de Metallica ahora se retira como jefe, cerrando su carrera en sus propios términos, sin que nadie lo obligue. ¿No es esa la mejor venganza contra la vida?
Y es aquí donde la lección pega directo, mi gente. Porque todos cargamos con momentos donde alguien nos hace menos, donde la vida nos saca del juego y nos manda a la banca. El chiste no está en quedarse mascando el rencor ni en hacer corajes que nos carcomen. El secreto es agarrar esa rabia, masticarla y escupirla en forma de obra, de proyecto, de algo que nos dé sentido.
Mustaine pudo ser “el guitarrista que corrieron de Metallica”. Pero no: se convirtió en “el líder de Megadeth”. Y ahora, cuarenta años después, se despide del escenario en lo alto, como un guerrero que peleó sus batallas, perdió algunas, ganó otras, pero nunca se rindió.
Así que, si usted anda atorado en algún fracaso, si siente que lo humillaron o lo dejaron fuera, acuérdese de Mustaine: no se trata de quedarse lamiendo heridas, se trata de levantar la cabeza y demostrar que todavía hay gasolina en el tanque. No para callar bocas, sino para usted mismo, para demostrar que la vida vale más cuando se enfrenta con dignidad.
Porque, al final, los berrinches se olvidan, pero las obras quedan. Y la obra de Mustaine —esos riffs endemoniados, esa rabia transformada en música— va a seguir sonando en cada esquina del mundo, aunque él ya no esté en el escenario.
Y yo le digo: ¿qué está haciendo con su rabia, con su coraje, con esos golpes bajos que le ha dado la vida? ¿Los guarda en un frasco para que lo amarguen o los convierte en canciones, en trabajo, en sueños cumplidos? Ahí está la diferencia entre quedarse estancado y hacer historia.



