Cada 28 de diciembre la gente se ríe, se burla, cae en bromas chafas y remata con el clásico “inocente palomita que te dejaste engañar”. Todo muy divertido… hasta que uno se asoma al origen real de esta fecha y se le quita la sonrisa como cachetada mal dada.
El Día de los Santos Inocentes celebrado hoy no nació para hacer bromas ni para jugarle al listo. Nació del miedo, de la violencia del poder y de una masacre que, aunque ocurrió hace más de dos mil años, sigue siendo un espejo incómodo de lo que pasa cuando la autoridad se siente amenazada.
Según la tradición bíblica, el origen de esta conmemoración está ligado a la llamada Matanza de los Inocentes. El rey Herodes, obsesionado con la idea de perder su trono tras el anuncio del nacimiento de un “nuevo rey”, ordenó asesinar a todos los niños menores de dos años en Belén y sus alrededores. No buscaba justicia, buscaba control. No quería verdad, quería silencio.
Niños asesinados por una paranoia política. Vidas cortadas de raíz para que el poder siguiera intacto. Así de simple. Así de brutal.
Con el paso del tiempo, la Iglesia estableció el 28 de diciembre como día de luto y memoria para esos niños que murieron sin entender nada, sin deberla ni temerla. Eran inocentes en el sentido más puro de la palabra: no tenían culpa, no tenían voz, no tenían defensa.
La memoria se fue diluyendo
Pero como suele pasar, la memoria incómoda se fue diluyendo. El dolor se volvió costumbre. La tragedia se disfrazó de tradición. Y en algún punto de la historia, sobre todo en países de habla hispana, la fecha se deformó hasta convertirse en un día de bromas, engaños y risas fáciles.
La ironía es pesada: un día que recuerda una matanza terminó siendo un día para engañar al otro.
¿Entonces cuál es el objetivo real de esta celebración?
No es la risa. No es la broma. No es “caerle al compadre”. El objetivo original era recordar lo frágil que es la vida cuando el poder se ejerce sin límites y sin ética. Era un recordatorio de que los más vulnerables siempre pagan los platos rotos de las ambiciones ajenas.
Y la enseñanza sigue vigente, aunque muchos prefieran no verla.
El Día de los Inocentes nos recuerda que no todo engaño es inofensivo. Que burlarse del otro también es una forma de ejercer poder, aunque sea chiquito y disfrazado de risa. Que la línea entre la broma y la humillación es más delgada de lo que creemos.
También deja una lección incómoda: los “inocentes” siguen existiendo. Son los niños en medio de guerras, los civiles atrapados en la violencia, los que pagan errores ajenos, los que no salen en los discursos ni en las promesas. Cambian los siglos, cambian los nombres, pero la lógica se repite.
Así que sí, ríete si quieres. Haz tu broma. Pero recuerda que esta fecha no nació para eso. Nació como una advertencia histórica: cuando el poder se impone con miedo, siempre hay inocentes que pagan el precio.
Y esa, aunque no dé risa, es la verdadera lección del 28 de diciembre.



