Colaborador
Leí esto ayer en ‘La Columna’ de El Diario de Juárez, y dije: “pos se las voy a platicar a mi raza”, porque una cosa es leer los numeritos que suelta el gobierno y otra es vivirlos en carne propia. El Banco de México podrá decir misa, sacar minutas, porcentajes y palabritas técnicas, pero la verdad se mide cuando vas al mandado y la cartera te truena como bisagra vieja.
Dicen los sabios del Inegi (o como diría mi primo el Pancho, “el Instituto Nacional de Encuestas Geniales”) que la inflación anda en 3.76 por ciento. Bonito número, suena civilizado, hasta da gusto leerlo. Pero nomás sal al súper y date cuenta de que la realidad no trae calculadora: un litro de leche ya anda por las nubes, el kilo de huevo parece lujo gourmet y llenar el tanque es casi una inversión. En Juárez, la inflación no se lee, se sufre.
Aquí el dólar marca el pulso, pero los sueldos siguen tozudamente en pesos, y bien chiquitos. Te levantas temprano, chambeas como burro, y al final del mes apenas si completas para la renta y unas tortillas. Dicen que la economía está “bajo control”, pero el único control que uno ve es el del aire que apagas para que no se dispare el recibo de la luz.
Hace quince años, doscientos pesos eran doscientos pesos. Hoy, eso se te va en un “chisguete” de gasolina o en tres cosas que echas al carrito del súper. Y ahí vas, rezándole al medidor del carro: “no te muevas, ojete, déjame llegar aunque sea a la casa”. Uno ya habla con la aguja de la gasolina como si fuera compa de toda la vida, y hasta le promete cosas: “aguántame esta semana y te lleno el tanque el viernes, te lo juro”. Mentiras piadosas, como las del gobierno.
La raza de la frontera siempre ha vivido entre dos mundos. Antes, cuando el peso se fortalecía, cruzabas al Paso y regresabas con bolsas llenas y sonrisa de campeón. Cuando se devaluaba, pues al menos el comercio local revivía. Pero ya no. Ahora ni cruzar ni quedarse sale barato. El “efecto frontera” se lo llevó el viento, y lo que queda es el coraje de ver los precios de allá y de acá igual de elevados, con la diferencia de que los gringos cobran en dólares y nosotros seguimos soñando con el aguinaldo.
La maquila sigue produciendo millones, exportando al mundo, mientras sus trabajadores apenas completan para los pañales del chamaco o para abonar al Infonavit. Esa es la contradicción que duele: una ciudad que fabrica para los ricos, pero vive con salarios de sobrevivencia.
Y mientras tanto, desde Palacio Nacional nos recetan discursos sobre “equilibrio y estabilidad”, como si eso llenara el refri o pagara la gasolina. Allá arriba celebran que la inflación “está bajo control”, pero acá abajo el control lo tenemos nosotros, apretando la panza y recortando el mandado.
El otro día una doñita en el mercado lo resumió mejor que cualquier economista: “mijo, el peso no está fuerte, lo que está flaco es uno”. Y tiene razón. La frontera no miente. Aquí los precios se sienten antes de que el gobierno los reconozca. Aquí la inflación no es número, es sensación: la de ir al súper y salir con tres bolsas cuando antes salías con seis, la de mirar el recibo de la luz y decir “¿pos qué prendí, una refinería?”.
Nos acostumbramos a sobrevivir con creatividad: le bajamos al aire, estiramos el jabón, revolvemos el suavitel con agua, y todavía nos reímos de nuestra desgracia. Porque si no nos reímos, nos quebramos. El juarense aprendió a resistir de todo: balas, vientos, gobiernos, y ahora la inflación disfrazada de estabilidad.
Así está la cosa: los boletines oficiales te dicen que todo va bien, pero tu bolsillo te grita que no. Y entre lo que dicen los de arriba y lo que vivimos los de abajo, la verdad está en medio, metida en una bolsa del mandado medio vacía.
La inflación puede estar al 3.76, pero en la frontera el número no importa. Aquí el termómetro económico es la mirada de la cajera cuando ve que regresas dos productos al estante porque “mejor después”. Es la conversación muda con la bomba de gasolina. Es el silencio del refrigerador medio vacío. Es hacer cuentas en la calculadora del teléfono para ver si te acabalas con los 120 pesos que te quedan en la tarjeta.
En Juárez, la estabilidad no se mide en cifras, sino en lo que queda después de pagar todo y ver si alcanza pa’ unas cheves. Y últimamente, ni eso.
Porque la frontera es así: produce en dólares, cobra en pesos, y respira con fe. Y mientras el Banco de México presume control, nosotros controlamos el coraje, la risa y el milagro diario de seguir chambeando con la panza medio vacía y el alma todavía con ganas.
Así que cuando te digan que “todo va bien”, sonríe y contesta lo que todos pensamos: sí, cómo no… pero no en mi cartera.



