A ver, raza, vamos a tumbar un mito que en el barrio se aplaude más que acarreados en mitin de Morena: eso de presumir que uno es “de carácter fuerte”. ¡Qué frase tan inflada! Te la sueltan como si trajeran un escudo de hierro: “aguas con fulana o fulano, que es de carácter fuerte”. Y yo lo que escucho es: “ese compa es tan chafa que al primer contacto truena como boiler viejo”.
Un ejemplo de manual lo dio Boban Janković, un jugadorazo de básquetbol serbio que en los noventas era ídolo en Grecia. El vato tenía fama de bravo, de esos que “conmigo no se juega”. Y sí, un día en un partido le marcan una falta que no le gustó, se prendió como foco de feria y en un arranque de coraje fue y azotó la cabeza contra el poste de la canasta. Resultado: se fracturó las cervicales y quedó en silla de ruedas pa’l resto de su vida. Tragedia, sí, pero también una lección bien clara: el coraje mal encausado no es fuerza, es debilidad pura.
Porque neta, alguien que explota por una falta en el básquet o porque se te metieron sin prender direccional, no es fuerte, es esclavo de su impulso. Es como perro chihuahueño que le ladra hasta a la sombra: mucho escándalo, pero nada de firmeza real. El verdadero “carácter fuerte” es el que no necesita andar alardeando ni haciendo aspavientos para que lo respeten.
Piénsalo: fuerte es el que se mantiene sereno cuando el otro ya está echando espuma por la boca. Fuerte es el que no reacciona como reptil en automático. Fuerte es el que aguanta el primer impulso y luego decide cómo actuar, no el que se deja arrastrar por el primer chispazo de enojo.
Y aquí entra lo sabroso de la ciencia: el cerebro se puede reeducar. Existe algo que los neurólogos llaman neuroplasticidad, que en cristiano significa que el cerebro aprende nuevos caminos si le das chance. Igual que cuando te enseñaste a manejar estándar: al principio se te mataba el carro a cada rato, metías primera pensando que era tercera, y sentías que eso nunca iba a salir. Pero luego, a base de repetir y corregir, un día ya ni piensas, lo haces en automático.
Así pasa con el coraje. Si cada que te prendes haces el esfuerzo consciente de frenar, de respirar, de no reaccionar en caliente, las conexiones neuronales van entendiendo: “ah ok, por aquí no es”. Y poco a poco el camino viejo del arranque fácil se va cerrando, y el nuevo, el de la calma, se va pavimentando.
Y si me dices “pero ¿cómo le hago para no explotar si ya siento la sangre hirviendo?”, la respuesta es más sencilla de lo que imaginas: respira. Sí, tan simple como eso. No me refiero al clásico “cuenta hasta diez” que nos enseñaron de morros (aunque también ayuda), sino a respirar con maña. La técnica va así: cuando te sientas a punto de reventar, inhala profundo por la nariz contando hasta cuatro, aguanta el aire otros cuatro segundos, y luego suéltalo lento por la boca contando hasta seis. Hazlo tres o cuatro veces y verás cómo el cerebro empieza a bajar revoluciones, como cuando le quitas la pata al acelerador. Es como darle un reseteo al sistema nervioso.
Ese ratito de respiro es el que te permite pasar de reaccionar como reptil a responder como humano. Lo que estás haciendo es engañar a tu cuerpo para que no crea que está en guerra. Le estás diciendo: “tranqui, aquí no hay nadie que te esté atacando, sólo es un pendejo que va tarde al jale y se metió a la brava en Las Torres para agarrar el ‘Puente Eterno”. Y el cerebro, obediente, empieza a calmar la tormenta.
Boban Janković, pobre hombre, nos dejó la enseñanza a la mala: de nada sirve el talento, la fama o la fuerza física si el cerebro se maneja en automático de coraje. Ser fuerte no es gritar, golpear ni estrellarte la cabeza contra nada. Ser fuerte es tener la calma de no hacerlo.
¿Quieres respeto? No lo vas a conseguir gritando y soltando una sarta de babosadas como Noroña peleando con Alito. Lo ganas siendo esa roca tranquila que no se mueve aunque el viento sople recio. Porque al final, los que presumen de “carácter fuerte” suelen ser los más débiles; los que de veras lo tienen, ni lo dicen.



