viernes, abril 3, 2026
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EL DÍA QUE CASTRO DERROTÓ A LA CIA CON UNA MIRADA

Agencias

El líder cubano Fidel Castro acumuló fama no solo por desafiar a Estados Unidos durante décadas, sino también por esquivar más intentos de asesinato que cualquier otro mandatario en el siglo XX. La CIA, obsesionada con borrar a la Revolución de la isla, llegó a concebir planes tan absurdos como cigarros explosivos, trajes de buzo envenenados y hasta un polvo para hacer caer la barba de Castro, símbolo de su imagen. Pero entre ese catálogo de conspiraciones, hay un episodio que parece sacado de una novela: el día en que una mujer enviada a matarlo terminó incapaz de apretar el gatillo.

La protagonista fue Marita Lorenz, una joven alemana nacida en 1939 que a sus 20 años (1960), conoció a Castro en Nueva York, durante la visita del líder revolucionario a la ONU. Se enamoraron con rapidez, y pronto Marita se mudó a La Habana para convertirse en su amante. Pero la relación no fue idílica: ella quedó embarazada, y tras perder el embarazo en circunstancias poco claras, volvió a Estados Unidos con resentimientos. Ahí fue donde la CIA vio la oportunidad perfecta para reclutarla como instrumento de venganza.

El plan era simple y torpe: Marita debía regresar a Cuba, reencontrarse con Castro y matarlo usando cápsulas de veneno escondidas en un frasco de crema facial. La operación, sin embargo, nunca salió como en las películas. Cuando llegó a la habitación de Castro en La Habana, el Comandante no tardó en notar la trampa. Según contó ella misma en múltiples entrevistas, él se le acercó, la abrazó y le preguntó si venía a matarlo. Para rematar la escena, le dio una pistola cargada y le dijo: “Si viniste a hacerlo, hazlo ahora”.
Marita, en lugar de disparar, se quebró. Años después confesó que todavía lo amaba, que no podía dañarlo y que, además, las cápsulas de veneno se habían derretido en el frasco por el calor caribeño. Sea como sea, la CIA volvió a estrellarse contra la figura de Castro, que parecía inmune a complots, atentados y conjuras.

El episodio alimentó la leyenda del líder cubano: un hombre que, con su sola presencia, podía desarmar a una espía entrenada y convertirla en víctima de sus emociones. Para los defensores de Castro, aquello fue prueba de su carisma y astucia; para sus críticos, un ejemplo de cómo manipulaba y dominaba incluso en los momentos más vulnerables.
Lo cierto es que este capítulo se sumó a la lista de alrededor de 600 intentos de asesinato documentados contra él, todos fallidos. Marita Lorenz terminó convirtiéndose en testigo de la Guerra Fría: declaró en tribunales, apareció en documentales y hasta escribió un libro sobre su vida. Sus relatos oscilaron entre lo romántico y lo dramático, siempre con el misterio de si exageró para alimentar el mito.

La CIA, por su parte, cargó con la humillación de haber intentado matar a Castro usando a una amante despechada que acabó rindiéndose a los recuerdos. La escena —él dándole una pistola y ella incapaz de disparar— quedó grabada en el imaginario como una de las derrotas más insólitas de la inteligencia estadounidense.
Más allá de los detalles exactos, lo que sí se sabe es que Fidel Castro murió tranquilamente en su cama en 2016, a los 90 años, después de haber sobrevivido a décadas de embargos, conspiraciones y atentados. Y en la memoria colectiva quedó esa imagen: un dictador que podía esquivar balas, venenos y bombas con la misma facilidad con que seducía a la historia.

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