Colaborador
• Mira, no hay forma suave de decirlo: lo que pasó con el pastor Mauro Cabañas Arámbula no fue una desgracia, fue una cadena de errores con sello oficial. Y de esas que matan.
• Como seguramente ya lo saben. Un hombre fuera de sí, que días antes había golpeado y devorado a un perro —sí, leyó bien—, fue detenido por la Policía Municipal.
• En cualquier lugar con un sistema de salud mental medio decente, ese sujeto habría terminado en observación psiquiátrica, con custodia médica y diagnóstico. Pero aquí, en la frontera del “échale ganas”, la autoridad no supo qué hacer con él.
• Lo anduvieron paseando como si fuera una papa caliente: ni el Hospital Psiquiátrico Libertad lo aceptó (mmh qué raro), ni el Hospital General quiso tenerlo más de unas horas, ni el MP quiso procesarlo. Así que, con tal de quitárselo de encima, lo dejaron donde menos correspondía: en una iglesia cristiana que lo aceptó por fe y por humanidad, no por capacidad.
• El resultado fue la muerte de un pastor que sólo intentó ayudar. Mauro Cabañas, fundador de la iglesia pentecostés “Entrada Triunfal”, abrió las puertas de su albergue creyendo que podía darle al hombre una oportunidad, un poco de calma y una segunda vida. Pero la fe no alcanza para controlar una mente quebrada por la droga y el abandono.
• Edeer Issel A. M., hondureño naturalizado mexicano, sucumbió al síndrome de abstinencia (o sea a la malillota), subió a la azotea y en un ataque de furia asesinó al pastor a golpes con la tapa de una taza de baño. El intento de redención se volvió tragedia.
• Este caso no solo desnuda el fracaso de las autoridades, sino la ceguera colectiva ante un problema que todos preferimos empujar debajo del tapete. Ciudad Juárez está llena de hombres y mujeres perdidos en el infierno del cristal, la piedra, el fentanilo o lo que encuentren en la esquina.
• Pero no hay protocolos, ni centros de atención especializados, ni personal capacitado dentro de la Policía para tomar decisiones cuando se topan con un adicto fuera de control. Lo que hay es miedo, desinformación y un impulso por deshacerse del problema.
• El gobierno ha delegado esa responsabilidad en los ministerios evangélicos, esos centros improvisados donde pastores y voluntarios hacen lo que deberían hacer los servicios de salud pública: contener, alimentar, escuchar, desintoxicar. Y lo hacen sin apoyo, sin recursos, solo con fe y donaciones. Ellos son los verdaderos bomberos del alma, apagando incendios que el Estado finge no ver.
• La pastora Sandra López, del “Arca de Noé”, ya lo había dicho antes de la tragedia: “Estaba fuera de sí, se golpeaba la cabeza, gritaba, amenazaba con matar a todos. Llamé al 911, pedí ayuda, nadie vino”. Esa frase debería retumbarle a cada funcionario que cobra por “proteger y servir”.
• No fue una sorpresa lo que pasó; fue una bomba que todos vieron venir y nadie quiso desactivar.
• Edeer Issel murió ayer en Ciudad Judicial, durante su primera audiencia. Supuestamente como secuela de los golpes que le dieron los otros internos que defendieron al pastor que intentó salvarlo. Justicia poética, dirán algunos. Pero no hay poesía en la barbarie, solo el eco de la impotencia.
• Este caso debería ser el punto de quiebre. Debería obligar al Municipio y al Estado a dejar de actuar como si los adictos fueran basura que puede moverse de un lado a otro. No son “casos imposibles”, son personas que necesitan atención médica, no sermones ni celdas. Y si el gobierno no tiene ni protocolos ni voluntad, al menos que deje de criminalizar a los que sí intentan ayudar.
• Más importante aún es la falta de aplicación de nuevas iniciativas,; nuevas leyes que también obligue a los gobiernos a actuar en este tipo de situaciones. Pero pues ya ven que nuestros flamantes legisladores andan mas ocupados haciendo campaña adelantada y promocionándose en redes sociales.
• Mientras tanto, las iglesias seguirán haciendo el trabajo sucio: recogiendo lo que la ciudad desecha, arriesgando la vida por rescatar almas que el sistema ya dio por perdidas. Y uno se pregunta, ¿cuántos pastores más deberán morir para que el Estado entienda que no se combate la adicción con rezos, sino con políticas públicas?
• Ahora sí que la fe quiso curar donde el gobierno ni siquiera quiso mirar.



