Ponte Al Tiro
Nuevo Casas Grandes.– La madrugada se tragó a Blanca Estela Muñoz Martínez y al hombre que la acompañaba, como si la Laguna Fierro hubiera decidido cerrar los ojos sobre ellos.

Nadie escuchó el golpe, nadie vio el Jetta gris volcarse con las llantas apuntando al cielo, como si el carro estuviera pidiendo auxilio en silencio. Solo el agua, fría y necia, los dejó ahí abajo hasta que amaneció.

El hallazgo llegó hasta ayer, cuando alguien que pasaba temprano vio algo que le pareció “raro” flotando. Eran los neumáticos apenas asomándose, como dedos temblando en la superficie. Llamaron al 911 y la historia que nadie quería contar salió a flote.

Bomberos, Protección Civil y Cruz Roja llegaron pensando que era otro carro caído al canal, uno más de los tantos accidentes que ya ni sorprenden en la ciudad. Pero al enganchar la unidad y sumergirse para asegurarla, los buzos encontraron lo que el agua había guardado toda la noche: los cuerpos de una mujer y un hombre atrapados dentro del Jetta invertido.
Sus últimos minutos debieron sentirse eternos ahí abajo, peleando por una bocanada que nunca llegó.

El vehículo había caído en la Prolongación 2 de Abril y Solidaridad, en el acceso a la Laguna Fierro, un tramo que la gente del rumbo conoce bien y que muchos ya habían señalado como traicionero.

A Blanca la identificaron pronto: 38 años, tez blanca, 1.60 de estatura. El hombre, de unos 40 años, moreno y robusto, seguía sin nombre hasta ayer. Pero los dos compartieron el mismo destino: quedaron atrapados en un auto que se convirtió en tumba.

Vecinos no tardaron en soltar el reclamo que lleva meses atorado:
“Cómo es posible que no hayan ampliado las entradas a la laguna. Está resbaloso, la vuelta es cerrada, no se ve quién viene. ¿A poco nadie del municipio ha visto que eso provoca accidentes a cada rato?”, dijeron molestos, con razón.
La cosa no es nueva: en menos de una semana, Nuevo Casas Grandes suma cuatro volcaduras, tres de ellas en la misma Laguna Fierro.
La noche aquí es un riesgo más, porque gran parte de los conductores se avientan la manejada con alcohol encima y la autoridad de vialidad brilla por su ausencia, como si la ciudad fuera territorio libre para el volante irresponsable.

Mientras las familias entierran a sus muertos, la Laguna Fierro sigue ahí, quieta, reflejando un cielo que no explica nada. Y las calles que llevan a ella siguen igual: angostas, peligrosas, esperando al siguiente que no logre doblar a tiempo.



