Ponte Al Tiro
Ya estaba acostado. Afuera, la noche era densa, de esas que suenan a perros lejanos y motores sin rumbo. En la casa de la esquina, Juan apenas había cerrado los ojos cuando escuchó que alguien lo llamaba: “¡Juan!”, gritaron desde la calle. Se levantó con flojera, medio confundido, todavía en bóxer negro, como quien no espera nada malo. Pero la muerte, ya ves, no avisa.

Abrió la puerta y apenas alcanzó a asomar el cuerpo cuando estalló la ráfaga. Cuarenta disparos retumbaron en la colonia Hidalgo, a las 22:21 horas, entre las calles Pedro S. Varela y Nicaragua. Los vecinos primero pensaron que eran cohetes o una bronca de borrachos, hasta que el silencio siguiente olió a pólvora y miedo.

Dicen los testigos que fue un tipo —o tal vez dos— los que llegaron a buscarlo. Y que eran pésimos para tirar: de los 40 balazos, solo dos dieron en el blanco. Pero bastaron. Juan cayó boca arriba, en la banqueta, con la mirada fija en el cielo que no alcanzó a entender.
De 40 veces que le dispararon, solo 2 balazos le dieron
Los vecinos lo conocían bien. “Era plomero, arreglaba aires, ductos, lo que le pidieras”, comentó una señora que lo veía pasar diario rumbo a su trabajo con su caja de herramientas. “Muy tranquilo, saludador, sin pleitos con nadie.” En el barrio, todos coinciden: Juan no se metía con nadie, pero alguien decidió meterse con él.
La policía llegó cuando el cuerpo ya estaba frío. Entre los casquillos regados y las miradas curiosas detrás de las cortinas, los agentes marcaron la escena y se llevaron el cuerpo. En el aire quedó el olor metálico de la pólvora y la pregunta que nadie sabe responder: ¿quién llamó a Juan esa noche?



