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La Momia, Odín y el GPS de la vida

Julio Gómez nos enseñó dos veces a no rajarse: primero cuando metió la chilena con la cabeza abierta, y ahora que demuestra que la vida es más que una medalla colgada en el cuello

Dicen que los héroes nunca mueren, pero nadie te avisa que los héroes también comen, se cansan y tienen que pagar la renta. Julio “La Momia” Gómez lo entendió mejor que nadie. Aquel morro que en 2011 nos puso a brincar con su chilena en la semifinal contra Alemania, con la cabeza abierta y la venda que parecía parche de pirata, hoy ya no viste tacos de 5 mil pesos ni pisa canchas de pasto perfecto. Hoy anda en la obra, en el norte, migrante, con casco amarillo y pala en mano. Y ¿saben qué? Se ve feliz.
El contraste es brutal, sí. De ser campeón del mundo a meterle jornada completa en la construcción. Para muchos, eso suena a fracaso, a caída libre, a “qué triste historia”. Pero esa lectura es la que te vende el mundo que idolatra solo el brillo y se olvida de la carne y hueso que somos todos. Julio no anda llorando, anda chambeando. Y eso, en un país donde sobran los exfutbolistas que se pierden en el alcohol, la nostalgia o los pleitos de cantina, es un golazo de media cancha.
Aquí entra Odín Dupeyrón con su monólogo “Recalculando”. El vato lo dice con todas sus letras: la vida no siempre es como uno la planea, pero eso no significa que se acabó el viaje. Es como el GPS: te desvías, la riegas, te cierran el camino, y la maquinita responde con paciencia budista: “recalculando”. Y así hay que hacerle, banda. Si el plan A no funcionó, no pasa nada, ajustas, corriges y le das por otro rumbo. Eso está haciendo Julio: recalculando su vida sin perder la sonrisa.
El sistema futbolero lo encumbró de chamaco y luego lo escupió como chicle mascado. Es la historia repetida del deporte mexicano: exprimir talentos hasta que no vendan boletos. ¿Cuántos Julios Gómez no hemos visto? Morros campeones que después desaparecen del mapa porque nunca hubo un plan para después de la gloria. Pero la diferencia es que este chamaco no se quedó sentado esperando a que lo volvieran a llamar. No se hundió en la queja ni se encadenó a la frustración. Se fue al gabacho, agarró chamba y hasta se da el lujo de seguir jugando en ligas amateurs, como recordándole a la vida que todavía puede dar chilenas, aunque ahora los aplausos se los dé la raza de Texas y no un estadio mundialista.
Y aquí viene la reflexión: ¿qué es el éxito? ¿Un gol en el Mundial o poder dormir tranquilo sabiendo que hiciste lo que tocaba? ¿Portadas de revista o subir una foto en redes desde la obra y recibir comentarios de respeto genuino? Odín diría que el éxito es simplemente aceptar que el camino cambió y que no pasa nada. Yo, Perejil, digo que el éxito es no rajarte. Porque si algo nos enseñó la Momia es que puedes meter un golazo con la cabeza abierta, y también puedes meter otro golazo cuando la vida te cambia la cancha.
Lo que me mata de risa es la banda que ve su caso y dice: “qué desperdicio, qué tragedia”. Tragedia es que te creas tus propias mentiras de grandeza, que pienses que solo vales por lo que lograste hace 15 años. Tragedia es vivir de aplausos viejos. Lo de Julio no es tragedia, es evolución. Porque la vida es así: te da un balón, lo pierdes, y luego te pone un martillo en la mano. El chiste no es llorar porque ya no hay balón, sino aprender a usar el martillo sin perder el estilo.
La Momia hoy nos recuerda que se puede recalcular sin drama. Que la felicidad no depende del uniforme que traigas ni del sueldo que tengas. Depende de seguir con la frente en alto, aunque esté cubierta de cemento en vez de sudor. Y esa, carnales, es la lección más cabrona que un exfutbolista nos puede dar.
Así que, cuando te sientas perdido, cuando tu vida no salga como la dibujaste en la libreta, no te hundas. Escucha al GPS de Odín: “recalculando”. Porque siempre hay otra ruta, aunque no sea la más bonita ni la más corta. Pregúntenle a Julio Gómez: de mundialista a obrero, y todavía tiene más paz que muchos que siguen colgados de los recuerdos. Y aquí cierro con una neta de barrio: el aplauso se acaba, la chamba nunca. Y mientras haya ruta, siempre hay gol.

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