EL ERROR DEL RING (Y EL LINCHAMIENTO DIGITAL)

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Pedro Reyes Gil / Colaborador

Ponte Al Tiro

Sí, Bad Boy y Zeus la regaron. Y la regaron feo.

Para quienes no tengan el contexto completo, durante una función realizada hace unos días en la Arena Gutiérrez, ambos luchadores subieron a un perrito al ring y uno de ellos terminó aventándoselo al otro en plena función. El momento fue grabado, difundido en redes sociales y desató una ola de indignación entre la ciudadanía.

Las consecuencias no tardaron en llegar. La Comisión de Lucha Libre suspendió a ambos luchadores incluída la Arena. Además, la Dirección de Atención y Bienestar Animal (DABA) les impuso una multa de 11 mil 800 pesos.

Tanto los involucrados como la empresa recibieron también un taller de concientización sobre trato animal y, por iniciativa propia, anunciaron actividades de apoyo como acopio de croquetas y acciones en favor de mascotas.

Porque sí: lo que hicieron estuvo mal. Un animal no es utilería, ni parte del show, ni mucho menos algo que pueda utilizarse para arrancar aplausos o risas.

Hasta ahí, todo entendible.

Hay conductas que durante muchos años pudieron verse como “cotorreo”, improvisación o simple ocurrencia, pero que hoy ya no tienen cabida en una sociedad que poco a poco ha desarrollado mayor conciencia sobre el bienestar animal.

Pero incluso en los errores más evidentes existen matices. Y entender los matices no significa justificar.

Las arenas de lucha libre de barrio son espacios profundamente populares. Son puntos de encuentro de la gente trabajadora, de familias enteras, de aficionados que durante un rato se olvidan del estrés de la semana, de las cuentas, del trabajo y de los problemas de la casa.

Ahí la espontaneidad forma parte del espectáculo. Muchas veces el público interactúa con los luchadores, hay improvisación y ocurrencias sobre la marcha. Es parte del folclor mismo de la lucha libre mexicana.

Además, quien conoce ese ambiente sabe que no es raro ver perritos entrando y saliendo de las arenas. Muchos acompañan a sus dueños, esperan afuera o rondan por los alrededores. No existe antecedente de que en ese lugar se hubiera documentado antes un caso de maltrato animal.

Los involucrados tampoco son estrellas millonarias ni celebridades blindadas. Son jóvenes con trabajos normales que practican lucha libre como una pasión extra y que, evidentemente, tomaron una decisión torpe e irresponsable en un intento absurdo de “entretener”. Como dicen las abuelas: “se les hizo fácil”.

Y justamente ahí está el verdadero fondo del asunto: muchas veces las malas decisiones nacen más de la inmadurez y la falta de conciencia que de una intención genuina de hacer daño.

Eso no elimina la responsabilidad. Pero tampoco obliga a convertir un error en una ejecución pública permanente.

Porque una cosa es señalar una conducta incorrecta y otra muy distinta es disfrutar el linchamiento colectivo.

Las redes sociales tienen esa extraña capacidad de transformar a miles de personas en jueces perfectos por unas horas, como si nadie hubiera cometido nunca una estupidez, un acto impulsivo o algo de lo que después se arrepintiera.

La indignación sirve cuando ayuda a corregir conductas. Cuando se convierte en simple placer por destruir personas, deja de ser conciencia y se vuelve espectáculo. Y de espectáculos ya tenemos suficientes. Basta abrir Facebook cinco minutos para comprobarlo. La humanidad descubrió cómo monetizar el enojo y ahora todos quieren sentirse moralmente superiores desde un teclado.

¿Qué deja entonces todo esto?

Primero, una lección evidente para quienes participan en espectáculos públicos: los tiempos cambian y también cambia la sensibilidad social. Hay cosas que antes se normalizaban y hoy simplemente ya no son aceptables.

Pero también deja una reflexión importante para las autoridades. La cultura del cuidado animal no debería aparecer solamente después del escándalo, la multa o la clausura. Los talleres, campañas y actividades de concientización tendrían que ser constantes, preventivos y masivos, especialmente en espacios populares donde muchas conductas siguen reproduciéndose más por costumbre que por crueldad.

Y finalmente, también deja una tarea para todos como ciudadanía.

Señalar y denunciar está bien. Pero si de verdad queremos una ciudad más consciente con los animales, eso implica mucho más que escribir comentarios furiosos en redes sociales.

Implica adoptar, esterilizar, apoyar refugios, evitar el abandono y ser responsables con nuestras propias mascotas.

Porque proteger a los animales no puede convertirse solamente en una indignación de fin de semana.Y quizá ahí está la diferencia entre una sociedad que solo castiga y una que realmente aprende: una destruye personas para sentirse mejor un rato; la otra corrige, educa y evita que los errores se repitan. Porque cancelar a dos luchadores puede dar satisfacción momentánea, pero construir una cultura genuina de respeto hacia los animales requiere algo mucho más difícil que indignarse: requiere conciencia cotidiana.


Las opiniones vertidas en esta columna son responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la línea editorial de este medio.

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