Agencias
Uruapan— El alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, fue asesinado la noche del sábado en pleno corazón del Centro Histórico mientras participaba en una celebración pública del Día de Muertos.

Todo transcurrió entre música, flores y cempasúchil hasta que los disparos rompieron la fiesta.
Seis detonaciones, gritos, gente corriendo, y el caos clásico que se repite en cada tragedia nacional. Los escoltas del edil respondieron el fuego y lograron abatir a uno de los presuntos atacantes, además de detener a dos más.

El alcalde se encontraba acompañado de sus hijos y de su equipo de trabajo, disfrutando del evento cuando la violencia decidió convertir la festividad en una emboscada.

Según confirmó la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, tres agresores fueron neutralizados: uno abatido y dos arrestados.

Uruapan ha sido durante años campo minado de los cárteles, y Manzo lo sabía. Desde el inicio de su administración, encabezaba operativos y recorridos personalmente, retando de frente a los delincuentes.
“No quiero ser de los ejecutados”, dijo alguna vez. La frase hoy suena como epitafio.

Videos que circulan en redes muestran a la multitud huyendo entre veladoras y catrinas, una escena digna de película: la muerte colándose entre los altares para llevarse al alcalde que había desafiado a los poderosos.

El gobernador Alfredo Ramírez Bedolla condenó el asesinato en redes sociales, pero los discursos ya se escuchan gastados.
En Michoacán, los políticos prometen paz cada vez que hay un muerto, y los cárteles responden con más balas.
Carlos Manzo no alcanzó a ver si el país que quiso limpiar algún día se enderezaba. Pero al menos, fiel a su estilo, cayó en la trinchera, no en el escritorio.



