lunes, abril 6, 2026
InicioObras en procesoESTAMOS CRIANDO ZOMBIS CON WIFI

ESTAMOS CRIANDO ZOMBIS CON WIFI

Dicen que los bebés de antes se dormían con canciones de cuna. Los de ahora se arrullan con YouTube Kids. Uno mueve la cuna, el otro mueve el dedo en la pantalla. Y sí, carnal, ahí andamos muchos papás bien tranquilos, sintiéndonos modernos porque “el niño ya sabe usar el celular”, cuando lo que en realidad sabemos es cómo anestesiar su llanto con luz azul.

Hace unos días leí una nota del reportero Eugenio Torres del periódico Reforma que me dejó pensando. Una psicóloga contó que atendió a una bebé de seis meses —sí, seis meses— que no comía ni dormía si no tenía un celular enfrente. Imagínate el cuadro: el biberón en una mano, el celular en la otra. Si se lo quitaban, lloraba como si le hubieran quitado la vida. Para desintoxicarla, la especialista tuvo que hacer lo que le harían a un tecato en un anexo, pero con la pantalla: bajarle los colores, el brillo, el volumen. Como si fuera un adicto chiquito en proceso de desenganche.
En psicología a esto se le llama ‘desensibilización sistemática’, es decir reducir gradualmente los estímulos del dispositivo.
Y no, no es exageración. Otro morrito de cinco años pasaba seis horas viendo dinosaurios en línea. Resultado: rugía, arañaba, mordía a sus compañeros de kínder. El chavito no jugaba a ser T-Rex: se creía uno. Y todo por estar más tiempo frente a una pantalla que frente a otros niños.
Uno más no podía dormir sin el brillo del teléfono. Imagínate esa escena: el niño abrazando el celular como si fuera su osito de peluche. Mientras tanto, el papá en la sala diciendo “pues mínimo no está llorando”.
Ahí está el detalle. Los papás de ahora no queremos verlos llorar, pero tampoco queremos escucharlos hablar. Les apagamos la curiosidad con un clic. No los dejamos aburrirse, pero tampoco los dejamos imaginar. Queremos hijos tranquilos, pero terminamos criando dependientes digitales. Niños que si no tienen WiFi se ponen en modo apocalipsis.
Y no es que uno quiera juzgar, pero sí sacudir un poco. Porque todos, en mayor o menor grado, hemos caído en ese jueguito. “Nomás cinco minutos mientras hago la comida”, “nomás para que me deje descansar”. Pero esos cinco minutos se vuelven años. Y cuando queremos que el morrito nos platique cómo le fue en la escuela, solo escuchamos el sonido del teclado o el zumbido del cargador.
La psicóloga que relató estos casos dijo algo que pega directo: “Cuando un niño interactúa más con pantallas que con el mundo real, afectamos la construcción de su cerebro”. Es decir, les robamos la capacidad de pensar, de crear, de esperar, de frustrarse sin explotar. Y eso, raza, se nota después: los ves con ansiedad, sin concentración, con un genio que ni los dinosaurios del video.
Mucha banda dice “pues mejor que vea caricaturas, así aprende”. Pero no, compa. Aprender no es mirar. Aprender es tocar, ensuciarse, aburrirse, imaginar. Ninguna app va a enseñar a un niño lo que aprende trepándose a una silla para alcanzar las galletas, o preguntando por qué el cielo cambia de color.

Lo peor de todo es que los papás somos el ejemplo. Queremos que suelten el celular mientras nosotros revisamos el nuestro cada tres minutos. Los regañamos por estar pegados a la tablet, pero cenamos mirando el WhatsApp. Queremos hijos presentes, pero vivimos ausentes.
La tecnología no es el diablo, eso que quede claro. Es una herramienta, no una niñera. Pero hay que tener tantita madre: si un bebé necesita un teléfono para comer, el problema no es el bebé. Es el vacío que nosotros llenamos con un aparato.
Los expertos dicen que lo ideal es que los niños menores de cinco años no vean pantallas. Que jueguen, que corran, que se aburran. Que aprendan con Legos, rompecabezas, tierra, cajas, cualquier cosa que no tenga un cargador. Y si van a usar tecnología, que sea acompañados, con contenidos que les enseñen algo y bajo nuestra supervisión.
¿Pero quién supervisa a los papás? ¿Quién nos enseña a desintoxicarnos nosotros primero? Porque, seamos sinceros, la adicción empezó en casa. En el padre que no suelta el Facebook, en la madre que cena viendo TikTok, en los adultos que dejamos de hablar entre nosotros para escribirnos por mensaje estando en la misma mesa.
Estamos criando una generación que sabrá deslizar pantallas antes de atarse los zapatos. Que sabrá buscar videos antes de preguntar. Que se dormirá con caricaturas y despertará con notificaciones.
Si seguimos así, los niños del futuro no van a decir “papá, tengo miedo”. Van a decir “papá, se me acabó la batería”.
Y no quiero sonar fatalista, pero ya hay niños que confunden cariño con conexión. Si los ignoras pero les das el celular, creen que los quieres. Si les hablas pero les quitas el aparato, creen que los castigas. Eso es lo que más duele: que la infancia se esté convirtiendo en una pantalla táctil.
Así que, raza, si tienes hijos chiquitos, quítales el celular un rato… y quítatelo tú también. Míralos a los ojos, aunque te saquen canas. Déjalos aburrirse, aunque chillen. Enséñales a jugar sin WiFi, a correr sin mapa, a dormir sin luz azul.
Porque cuando crezcan, no van a recordar el video que los hizo reír, sino al papá o la mamá que les hizo caso. Y si de verdad los amas, no los conectes: acompáñalos.
No hay peor adicción que la que se hereda con cariño.

MÁS NOTICIAS
- Publicidad -

Descubre más desde Ponte Al Tiro

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo