Por Miguel Ángel Chávez Díaz de León
PARTE 1
Eran las 5:15 de la mañana. Me levanté al baño, oriné y me volví a acostar. Sentí un ligero hormigueo en la pierna derecha; era una sensación parecida a la que uno tiene cuando se le duerme una pierna o un brazo porque se está durmiendo sobre él.
Me volví a levantar. Eran las 6:30; di un paso y rodé por el suelo. Desde ahí quedé sorprendido por lo que pasaba. Me quise incorporar y no pude. Me di cuenta de que me quería apoyar en el brazo derecho, y sí lo hice, pero en mi mente: el brazo estaba pegado a mí, pero no me obedecía.

Asustado, volví a intentar levantarme y descubrí que la pierna derecha recibía la orden de levantarse; nada más la recibía, porque de hecho la pierna ya no era mía. Me dio más miedo. Le grité a Laura mi esposa, que estaba en la cama. Se despertó y me dijo que me levantara del piso; recuerda que le hablé como borracho. En unos segundos, ella se dio cuenta que algo me estaba pasando. Algo grave. Ya no hablo; balbuceo muy lentamente, pero me oigo con la voz de siempre…
Vamos en el auto; estoy consciente. Llegamos al Seguro Social (en Ciudad Juárez); subimos a urgencias.
Veo el caos normal de un hospital del gobierno: enfermos esperando, unos como que están en agonía. Veo camillas ocupadas en los pasillos, hasta con bata. De volada me doy cuenta de que ése es su lugar, en el pasillo. Un enfermero me trae una silla, me ve tan mal que se compadece; pierdo el conocimiento.
El día que me dio la embolia, la sentí llegar. Sentí cómo mi cuerpo se estaba desprendiendo de mi conciencia.

Todo el lado derecho se empezó a paralizar. Supe que era algo cerebral porque no sentía dolor, nada. Yo pensé que realmente así te llega la muerte, por pedazos. Sentí miedo. Ya estaba tirado en el piso de la recámara. Laura todavía dormía cuando mis alaridos la despertaron. No podía hablar; hablaba para mí pero de la boca nomás se escuchaba el lenguaje de los muertos.
Así que empecé a dar alaridos, a pedir ayuda.
Estaba de pie en el Seguro Social. Laura estaba con la cara sin color; la veía y me veía lo mal que estaba en sus ojos. A la media hora un enfermero consiguió una silla de ruedas y pasé a ser un enfermo más de los sin-cama-de-hospital. No pude más. Me desvanecí.
Simplemente sentí que me iba. Ni me vi yo sentado en la silla ni vi una luz: simplemente que me iba…
PARTE 2

Han pasado dos semanas y estoy completamente out. Los médicos me han declarado out. Registro 210 sobre 180 de presión. Estoy inconsciente. De mis 80 kilos, me acompañan 70 en el viaje. Mis hermanos y mi padre se han reunido; tres llegaron de Estados Unidos, dos de Denver, otra directo de Los Ángeles. No dicen nada. Platican de cosas ajenas a lo que está pasando en el hospital.
A mí se me ha reventado el cerebro en la parte izquierda. Las esperanzas de vida son de 40 por ciento y cada día le bajan dos puntos porcentuales. Estoy conectado por todos los orificios; no se sabe si estoy soñando o sintiendo. Mis hermanos y mi hijo organizan un sistema de guardias; mi cuerpo tiene prohibidas las visitas.
Mis amigos llenaron la sala de espera los primeros tres días; ahora, uno que otro llama por teléfono para ver mi evolución. No pasa nada.
Llega la cuarta semana. Mis hermanos del extranjero han vuelto a casa y llaman todos los días. Al pie del cañón está mi hijo Mijail (por Bakunin), mi padre y el resto de mis hermanos; mis cuñados, mi suegra y Laura me han cuidado como si fuera de cristal, todo astillado pero entero. Gala, mi hija, no para de llorar; tiene un mes en lágrimas. Yo estoy sereno. Mis hermanos y mi padre se reúnen, se habla de “cafetearme”.
En muchas reuniones hablamos de esto, y concluimos que no permitiríamos que uno viviera como un vegetal. A mi padre y a Laura les dicen que están malos del cerebro. Se está en ese instante tomando la decisión de desconectarme.
Pero en eso yo intervengo: abro los ojos unos segundos. Y vuelvo a caer en la inconsciencia. Dicen que los oi discutir mi destino. Yo estoy bien frito: ya peso 54 kilos; estoy muy flaco e inconsciente.

Al mes y seis días, finalmente abro los ojos y me quedo despierto. No reconozco a nadie. No sé si soy un gatito, y es más: no sé qué es un gatito. Azorado, veo las cosas que me rodean. Mis ojos hundidos se reflejan en los ojos de Laura y Mijail, que me toman del corazón y dan gracias a Dios. He vuelto a nacer. A los dos días quiero levantarme e irme. Mi cuerpo no responde; como que se me quedó atorado dentro de la cabeza:
el lado derecho está muerto.
“Paciente del sexo masculino de 43 años de edad.
Empleado de una empresa periodística. Con antecedente de hipertensión arterial no controlada. Inicia su padecimiento actual el 30 de noviembre de 2005 al presentar súbitamente crisis hipertensiva con cifras de T.A. de 210/188, acudiendo al servicio de urgencias donde fue hospitalizado en terapia intensiva, desarrollando hemorragia cerebral izquierda. El paciente está en fase de secuela sin nada que ofrecer [gulp]. Posterior al inicio del padecimiento se detectó insuficiencia renal, corroborado en el servicio de nefrología de la Clínica 6 del IMSS. El nefrólogo tratante comenta que hay avance en el deterioro renal y de momento no requiere manejo por hemodiálisis, recomendando tratamiento medico. El paciente será confinado a una silla de ruedas con déficit sensomotor de hemicuerpo derecho”
PARTE 3

Estoy en una cama de hospital. En realidad no tengo conciencia de quién soy y ni me angustia, ni me preocupa. La mayor parte del tiempo la paso dormido.
Despierto y lo que miro está en blanco y negro. Sí sé del color, pero lo que veo está en blanco y negro. Veo el final de la cama, una silla, una pared de vidrio a mi izquierda. Se ven como tres escritorios pequeños donde a ratos se sientan enfermeras y doctores; como que escriben reportes; casi todos voltean y me miran y sonríen, personas muy amables a veces se acercan a mí e intentan darme lo que hay en un plato. Una enfermera cambia
sábanas y revisa mis botellas con sueros.
Empiezo a darme cuenta: mi nombre es Miguel. Las personas me dicen Miguel cuando se acercan y me se ha acarician el cabello y el rostro. Hasta ahorita puedo dis tinguir como a cuatro personas distintas, tres mujeres y un hombre.
No sé nada del día y la noche, si han pasado minutos, horas o días. Siempre que despierto, mi referencia es estar pendiente cuando se acercan a escribir a los escritorios. Poco a poco lo que veo parece más amplio; empiezo a descubrir lo que hay de mi lado derecho: es una ventana ancha y nada más se ve el cielo. Ya sé si es de día.
De pronto me empiezo a dar cuenta de que estoy dentro de una película de Luis Buñuel. Me da risa porque ya sé qué es una película y quién es Buñuel. En eso siento cómo entran a mi cabeza miles y miles de recuerdos. Parece que me va a estallar o yo soy el que se va a estrellar porque voy a una velocidad de mil kilómetros por mi vida.
Veo escenas que me provocan alegría, tristeza, vergüenza, risa, llanto, asombro y otras cosas: voy como por un túnel o dentro de un gusano lleno de imágenes de televisión, en donde veo pedazos de mi vida. Me veo en la escuela de todas las edades. Veo a mujeres besándome.
Ese viaje por mi cama y mi cabeza me ha dejado agotado. Ya sé quién soy: Miguel Ángel Chávez Díaz de León. Pero a veces mi cabezota vuelve a ser de otro.
Ese viaje por mi cama y mi cabeza me ha dejado agotado. Ya sé quién soy: Miguel Ángel Chávez Díaz de León. Pero a veces mi cabezota vuelve a ser de otro.

PARTE 4
Han pasado dos meses de mi embolia. Estoy en un camastro en casa de mi suegra, Isabel. He reconocido a mi padre, mis hermanos, mis hijos Mijail y Gala, mi esposa Laura, mis cuñados y a mi suegra. Mi memoria se ha quebrado en trozos grandes, pero no la he perdido totalmente; está adentro. Puedo recordar con detalles un día completo en la escuela secundaria y no saber a qué me dedicaba antes de sufrir el derrame cerebral.
De hecho, a veces me siento que estoy perfectamente bien, pero ni siquiera puedo levantarme para ir al baño.
Me ponen un pañal que me cambian, creo, cada tres horas o cuando de plano me ensucio de excremento. Ya aprendí que si me meto la mano por detrás en el pañal me doy cuenta si ya me hice. Luego pido a gritos y quejidos que me cambien. A los pocos días ya puedo decir:
“chingao…”, cada vez que necesito un pañal.
Mi cuerpo del lado derecho está muy flaquito; me comparo los brazos y parecen dos cuerpos diferentes, el mío actual y el que tenía a los 15 años.
No tengo ordenados mis recuerdos. Traigo un soberano reburujo. Si fuera una laptop tendría un chingo de archivos al ahí-se-va. Me he dado cuenta de que no hablo: balbuceo, arrastro las palabras cuando las puedo decir y no tengo control sobre la modulación de mi voz.
De hecho, todo lo que brota de mi boca se puede oír en toda la casa, incluso Laura puede oírme cuando va llegando a la casa y yo estoy renegando. Hablo exactamente como un bebé de un año y medio, pero lento y pastoso y no mido la intensidad de los sonidos.
No tengo control de mis esfínteres, se me caen los alimentos por el lado derecho de mi boca; es como si trajera nada más la mitad del rostro. Lo siento como cartón pegado al lado izquierdo de mi cara.
Me ha llegado la memoria o más bien se me acomoda poco a poco otra vez en la cabeza. Incluso siento cómo se estremece mi cerebro por dentro, siento como si dentro de mi cabeza hubiera un sistema de engranajes, como en las caricaturas. La primera vez que supe quién era, al inicio de mi embolia, me quería levantar para ir a la escuela. Para mí era 1976 y tenía que irme a la secu pero no podía levantarme. Mi hijo Mijail fue testigo de que, unas cinco horas, actué como un chico de secundaria: buscaba a mi madre, que tiene 28 años de muerta.
Y así se me fueron viniendo de golpe los recuerdos: pero se me venían de montón y todos cuatrapeados. De repente sabía que estaba en el hospital y que me había pasado algo, y en la tarde ya se me hacía tarde para ir a trabajar al restaurante (trabajé en un restaurante cuando tenía 19 años).
A veces no podía con la carga emocional y empezaba a convulsionarme; eran como los ataques de un epiléptico; me ponía duro y tiemble y tiemble, entonces tenían que venir las enfermeras y me daban algo para calmarme. Así fue durante varios días.

PARTE 5
Ya tengo seis meses con mi embolia. Si hacemos un balance de mi estado físico, estoy todo descuajeringado, como dijo Fernando Soler en la película La oveja negra. Mi lado derecho está muerto, no tengo sensibilidad, está delgadito y tieso, tieso. Dicen mis amigos que hablo como “tonto”. arrastro mucho las palabras, balbuceo. La mitad de mi cara parece de cartón piedra, mi ojo derecho está caído, no siento la mitad de mis dientes. Me agarro de los muebles y arrastro mi pierna derecha cuando me levanto a orinar. Estoy todo flaco; yo pesaba 75 kilos, ahorita ando en 54. Peso lo mismo que una modelo flacucha y cocainómana.
Le he pedido a Laura que me retire todos los espejos para no reflejarme en ellos, para imaginarme igual que antes y no verme en estas fachas y carnes.
Mi cabeza está un poco ordenada aunque de pronto tengo baches en el coco y no puedo saber si los recuerdos que llegan a mi mente son recientes o de hace 25 años. Eso me sigue causando mucha risa.
Estoy seguro de que mi suegra Isabel ha de pensar que su yerno se está volviendo loco. Ella es la que me cuida desde que salí del hospital.
También me están llevando al Seguro Social, a la Clínica 6, a tomar terapia. Me transportan en una silla de ruedas. Ahí es como la película de Buñuel que les cuento: todos estamos madreados: unos van por lesiones, se accidentaron en el trabajo o los operaron de la columna o de una pierna. Hay una chica de 15 años a la que le dieron un disparo y la bala le atravesó el cráneo: la llevan en una camilla y se está recuperando; el balazo no le rebanó por completo el cerebro. También está Pancho, mi amigo, a él lo asaltaron y le dieron de batazos hasta que se cansaron y lo dejaron bien jodido; nada más puede moverse del cuello para arriba, pero él quiere recuperarse y va para que su cuerpo no se atrofie. Ellos me hacen sentir que yo tengo un rasguño y nada más.
PARTE 6
Estoy descubriendo qué hacía, a qué me dedicaba y en qué trabajo o trabajaba. Me dice Laura que he trabajado de muchas cosas desde los 12 años. El primero fue vender crema para el cuerpo en bolis; de ahí siguieron muchos: cocí mocasines, vendí aceites para auto, fui aprendiz de mecánico (lavafierros), chofer de ruteras (peseros o camionetas); después teníamos un negocio de hamburguesas. También fui profe de secundaria y prepa; fui reportero, investigador privado. Pero lo que amo con pasión es escribir poesía y hacer periodismo.
Cuando me dio la embolia trabajaba para El Universal online, con ellos trabajo, pero estoy incapacitado.
Tengo cuatro libros publicados por la UNAM, la Casa de la Cultura de San Luis Potosí, Dos Filos de Zacatecas y Puente Libre de Juárez.
Cuando me platicaron que había escrito mi último libro dos meses antes de la embolia no lo creía. Me solté riendo. Laura fue a nuestra casa y me trajo: Los ángeles van de cacería. ¡Un libro de poemas escrito por mí! No lo podía creer. Yo escritor. Me volvió la risa.

Le pedí a Laura que me llevara a la casa. Cuando entramos no reconocí nada. Subimos a una especie de estudio. También estaba nuestra recámara, donde tuve la embolia. En el estudio, un librero enorme, dos computadoras destartaladas y un montón de papeles y más libros.
En ese momento no pude recordar nada de mi vida, entonces lloré mucho, como un niño. Laura me dejó solo un buen rato para ver si lograba recordar algo. Recorrí toda la casa, agarrándome de las cosas. Me gustaron todas las pinturas que estaban colgadas en la pared. Fui al patio, la cocina, los baños y no llegaba ningún recuerdo.
Cuando salimos de la casa y me estaba subiendo a la camioneta sentí como que me apretaban el cráneo y me sacudía todo, me estremecía; a los pocos segundos, en mi cabeza estaban todos los recuerdos de mi casa y de mi poesía.

Una de las cosas que me fascinan es que Laura me baña todos los días junto con ella. Me enjabona y me talla todo el cuerpo. Si llego a morir que sea en esos momentos. Vuelvo a descubrir su cuerpo y me asombro; así me quedaría por el resto de mi vida. Veo caer el agua por sus senos, sus caderas y sus piernas; por su vello púbico; veo cómo chorrea el agua y resbala el jabón, y estoy en el paraíso.

PARTE 7
Han pasado más de dos años de la embolia. Fue el 30 de noviembre de 2005. Ya estoy de pie, camino como si anduviera hasta atrás. Me ayudo con un bastón de cuatro puntas que es mi sostén; no puedo guardar mucho el equilibrio. Me llevan a todos lados y alguien siempre me acompaña. Ya me corrieron del Seguro Social porque ya aprendí a hacer la terapia solo; ahora estoy en un gimnasio con alberca.
Sigo con mi terapia y este es mi primer intento por escribir. Me tardé casi medio año en terminar este artículo.
He salido de viaje: fui a Zacatecas, San Luis, Chihuahua y a Oaxaca a presentar el libro Los ángeles van de cacería. Me ha llevado Laura; lo hizo cuando todavía no dejaba la silla de ruedas, así que me empujó por las calles empedradas de Zacatecas y la tierra de Monte Albán.
Soy un Miguel Ángel diferente. Los doctores tenían razón cuando me dijeron que mi vida iba a cambiar por la embolia y por la insuficiencia renal crónica.
Tomo 13 pastillas al día para controlarme la presión y las convulsiones. No como carne roja, ni puerco, ni sal, ni embutidos, ni nada que no sea natural. No puedo caminar más de 50 metros.
Recién empecé a leer. Poco, pero ya avanzo tres o cuatro páginas de un tirón. Volví a escuchar música; no lo hacía porque me prohibí hacerlo mientras estuviera confinado a la silla de rudas. Mi hablar es pausado y cuando me pongo nervioso arrastro poco las palabras.
Mi lado derecho todavía no despierta; de hecho, tengo que enseñarle que está vivo.
Ahora no arrastro mi cuerpo. Ahora parece que voy marchando, pero me voy para los lados. Dice el doctor internista que lo que me levantó fue mi sentido del humor y mis ganas de vivir. Está loco: fue mi familia la que me hizo levantarme y en especial mi suegra Isabel, mi cuñada Martha. Y Laura. Fueron muchos los días que les di guerra con mis pañales, mis rabietas y mis risas de orate. Por ellos estoy de pie. Sobre todo por Laura y mi hija Gala, que sufren y se carcajean con mi embolia y se burlan de mis calcomanías y avisos de minusválido y mi comida que sabe a cartón.
Antes Laura y yo éramos un matrimonio. Ahora es todo lo que amo. Y por suerte ahora soy de ella. Lo que queda de mí, sonriente y feliz, pero de ella. •



